De Pieles y Trenzas Gruesas

Para la gran mujer que un día me dijo que podía vivir la vida “arrastrándome como gusanito o saltando caballito”

Desperté de un sueño pegajoso, de esos en que los rayos de luz se deslizan entre las pestañas y fuerzan el abrir de ojos, y lo primero que ví fueron dos pupilas amarillas. Una gata, con piel de leopardo sentada sobre mi pecho sonrió al encontrar mi mirada. Yo di un brinco, miré a mi alrededor. Me rodeaban árboles pintados con musgo, como soldados éstaticos esperando el grito de batalla. Estaba acostada sobre tierra húmeda. Cuando me senté, la gata se movió a un lado. Seguía mirándome.

No sabía donde estaba. Le pregunté a la gata, pero ella no dijo nada. De pie, pude reconocer que los árboles eran aquellos, los que quedaron atrapados entre las calles y las playas.

Mis pies se hundieron en el abrazo viscoso de la tierra y estaba rodeada de hojas y ramas y troncos.

“¿La playa?”

La gata maulló. Podía oler la sal del mar, a lo lejos el gorgojeo de las olas. Hacía calor y me sentía desubicada. Las lágrimas se empezaron a acumular en mi garganta, pero, me las trague. De nada servía llorar si estaba perdida. Miré a la gata, pero ella no hacía nada más esperar que yo diera un paso.

Ví a una lagartija, que andaba lentamente. Su piel verde, igual al musgo, tan seca bajo el calor del sol. Decidí seguirla y ella se dio cuenta. Me miró con el recelo de que esta tierra es suya y la conoce mejor que yo. Aún así me guió.

Bajo las raíces de los árboles, el suelo se transformaba de tierra a arena. La frondosidad poco a poco abrió espacio al cielo y al horizonte de agua.

Cuando la gotas de sudor comenzaron a bajar por mi espalda, decidí acercarme al mar. Las olas parecían estar en competencia, quebrando en la costa, una tras otra queriendo comerse la arena.

La playa se extendía por kilómetros. Un infinito horizonte azúl, cortado, tan sólo por una montaña esmeralda que revelaba el fin de la playa. El sol decora con sus rayos a ese coloso de tierra.

Me distraje tanto mirando alrededor que no note que la gata se había ido. Por ahora, solamente estaban el mar, las lagartijas que se asoleaban y yo. Con los pies en el agua, el sudor corriendo por mi nuca, y el sol justo por encima de mi ser, no me sentía sola, pero, sí sentía que estaba en un mundo el cual era solamente mío.

No sabía por qué, y no valía la pena preguntar por qué, de tantos  lugares me levanté… Aquí… No sabía por qué, tampoco, pero había una sensación muy clara en mi esófago de que quizás todo lo que había vivido hasta ahora y todo lo que debía  vivir después de este momento me guiarían a esa montaña.

Miré mis pies descalzos. Los granos de arena haciendo espacio para tragarse mis dedos y los bordes de mis pies. Levanté mi mirada hacía la montaña. Entrecerre los ojos, haciendole guerra a los rayos del sol. Comencé a caminar. Lentamente. Respirando la sal y dejando caer el sudor por mi tez.

Sentí una mano sobre mi hombro.

No lo conocía, pero su piel de sol me confesó que no era un extraño. Sus ojos esmeralda como la montaña. Sentí como si sus colores ya los había vivido, quizá en alguien que ya  conocí.

Se despertó el viento. Las hojas de los árboles me sobrevolaban y se perdían en el horizonte tras la montaña.

Comenzamos a caminar. Me dijo que sería mi compañero de viaje y que podríamos ir a la cima juntos. Yo quería ver el mundo desde arriba, quería arrancar la tierra desde sus raíces, que dejará de existir la gravedad y que hasta los árboles volaran.

Casi olvide que el estaba ahí, porque mi estómago estaba encogido y había algo en mi pecho de eufória. Y aunque tanto pasaba dentro mí, caminaba lento, mis pies en automático.

Primero, caminamos cerca del agua. Habían lagartijas tomando sol, de vez en cuando, daban unos pasos hacia la montaña. Hacía calor, no había brisa. Yo solo traía a mi misma, mi piel y pies descalzos. Aparecieron barcos a lo lejos, quebrando el horizonte como apariciones.

Él se agachó, saco del agua una estrella de mar. Era del tamaño de la palma de su mano, y rosada. Me dijo, que dejara mi pelo caer, pero yo no hice nada. No había razón para soltármelo, hacía calor. Tomó la estrella y la puso cerca de mi oreja. Sentí su superficie rocosa en mis dedos. Pensé en quitármela, pero su nariz toco la mía y olvidé lo que estaba pensando.

Entre más caminabamos por la infinita línea de arena, más atrás dejaba aquella que, había sido yo. Empecé a olvidar los nombres de los lugares en los que crecí, las personas que conocí, las identidades a las que pertenecí. Él se reía, burlándose de mi miedo a olvidar. Traté de recordar el olor de mi madre, el color de mi casa, el sónido de la ciudad. Mientras le decía que no quería olvidar, tratando de hacer una lista mental de lo que fue mi vida, él se reía, porque estaba ahí con él.

Él, una visión nublada, su risa salpicando los lamentos de mi olvido.

Seguiamos caminando, yo, dos o tres pasos adelante que él. Él, seguía recogiendo estrellas de mar y tratando de ponerlas en mi cabeza.

¡Sueltate el cabello! 

Me rogaba.

Quiero tu cabello entre mis dedos.

Y hablaba de un pasado que nunca tuvimos (o que yo olvidé), y de como pudimos haber estado juntos por siempre.

La arena se escabullía nerviosa de las caricias del mar. Yo estaba tratando de no colapsar. Cada una de sus palabras eran como una espada al útero. Si, el dolor venía de muy adentro. No le contestaba, pretendía ignorarlo y aún tenía el pelo amarrado, pero, él no callaba.

Perdonamé.

Yo tarareaba, tratando de ahogar sus palabras necias. Arrepintiéndome de aceptar caminar con él, aún más de escucharlo.

Él seguía recogiendo estrellas, insistiendo que las ponga en mi cabello.

Así serás más bella.

Después de caminar tanto tiempo en la playa desierta, sentía que no estaba más cerca de la montaña. Los barcos, seguían inmóviles en la distancia. El viento se había calmado. El calor empapaba mis poros. Y un hombre que me quería llenar de estrellas. Sentí nauseas, mareo, me desvanecía. Lentamente, me arrodillé en la arena, sintiendo los granos entrando bajo mis uñas. Jadeando. El aire se iba de mis pulmones y no quería regresar.

El mundo estaba girando. El mar, la playa, el cielo todo girando en torbellino alrededor mío. Aún escuchaba su voz.

No me dejes. 

Su voz, con un  tanto de reproche, pero, serena, entraba a mis oídos como eco.

No puedo vivir sin ti. 

Los rayos del sol me encandilaron, y me dejé llevar por la ceguera de luz. Yo, en el ojo del húracan en un mundo que no dejaba de girar.

Hasta que todo se volvío silencio y entró en mi ser la inmovilidad. Yo aún seguía con mis cuatro extremidades, sobre la arena. La voz del hombre ahora era tan sólo un susurro distante.

Comencé a correr. Corrí desaforadamente, dejando caer todas las estrellas que puso en mi cabello, lo solté sobre mis hombros, corriendo con el viento. Su voz alejándose, sin mirar atrás, estrellas de mar cayendo y disculpas, que ahora eran murmullos porque bajo mis pies ya no había arena ni tierra, sino un zacate verde y vivo que me acariciaba los tobillos.

Respiré. Estaba en la base de la montaña. El aire olía a mora. Sudaba, pero había brisa. No habían sonidos, y el horizonte era pura agua. Si miraba hacia arriba, podia ver la punta de la colina, que parecía un esquema de todos los tonos de verde posibles.

El zacate como gusanillos entre mis dedos, me impulsaba a seguir cuesta arriba. El sol me miraba expectante porque sabía que pronto estaría a su altura. Caminaba, sudaba y tenía mucha sed—llevaba horas bajo los rayos y no había tomado nada. Me volví a marear, caí y me acosté sobre la tierra húmeda. La luz me encandilaba y considere quedarme ahí acostada. Talvéz morir. Sería fácil, solamente, tenía que quedarme ahí, quieta. Ya no había fuerza dentro mi. Podía yacer ahí esperando que el sol me rostizara. Tan fácil. Los colores del cielo y el zacate se tornaron sepia.

Un maullido lejano, y después un maullido tan agudo y cerca de mi oído me obligó a sentarme. Frente a mí, la gata de ojos amarillos y piel de leopardo. Se presentó como Afrodita, se disculpo por levantarme y se hizo espacio en mis regazos. Me miró a los ojos, y acerco su cabeza a mi pecho.

“Te enseño donde hay agua si después que mueras prometes traerme pescados.”

La propuesta fue tan extraña, pero mi garganta se sentía como cartón y tuve que aceptar.

Afrodita, se levantó y comenzó a caminar hacia la cima. Me dijo, llegaremos pronto. Mientras subíamos, Afrodita me habló del cambio de luna y de las últimas lluvias. Yo escuchaba, pero no digería lo que decía, porque entre más alto subíamos por la montaña más menos entendía.

Toqué mi pelo. Me sorprendió. Ya no me llegaba a los hombros, sino que caía hasta la mitad de mi espalda. Afrodita dijo: Cuando el cabello crece es de buen augurio, va a estar bien. A donde iba bien, yo no lo sabía. La gata trepaba por árboles, saltaba y se deslizaba con agilidad. Yo, caminaba cada vez más lento, aunque sabía que tenía que seguir subiendo.

Llegamos hasta un manzano y Afrodita recogió dos frutos. Me dio uno, y lo devoré. Era ácido, pero dulce, y su jugo se deslizó por mi barbilla y siguió bajando hasta mi ombligo. El líquido llegó a mi pelvis, y me estremecí.

“Los ríos internos deben fluir,” dijo Afrodita.

Al mirar mi entrepierna, me di cuenta que estaba sangrando. Un caudal de sangre que salía de mi vagina y se deslizaba por la montaña creando un río fino y rojo.

Mi pelo mojado, sudado, pesaba y me rozaba las caderas. Sentía mi garganta cerrarse. Todo era húmedo, la sangre no dejaba de fluir, el cabello de crecer. Mis brazos, mis piernas, mi cabeza y mi útero parecían poner todo su peso en mi, como queriendo aplastarme.

Afrodita me esperaba, mirándome desde la copa de un árbol mientras yo arrastraba mi cuerpo y mi sangre. No sabía si correr, si dejarme rodar cuesta abajo o si tratar de seguir subiendo, aunque era imposible. Estaba desubicada, confundida…Me dejé caer al suelo. Afrodita me obligó a levantarme entre maullidos y arañazos. Debía seguir subiendo, comienza a atardecer y debía llegar a la cima antes que el sol se oculte. Que sangrar es normal. Que el pelo crece. Que no deje que la gravedad gane. Que no deje de creer en mi propia fuerza.

Al dejarme caer y dar contra el piso y sentir la dureza de la tierra en mis huesos, es que desperté. Desperté un enojo, un grito que llevaba escondido en mis adentros, un grito de fuerza y locura, aullidos de todo lo que sufrí y aullidos porque jamás me dejaría volver a caer. Me puse de rodillas, y aullé.

Deslice las manos por mis muslos. Embarré mis dedos de sangre. Como guerrera, me pinte la cara de rojo.  El pelo, el cual estaba tan largo, empujaba para tocar mis rodillas  y se mezclaba con la sangre de mi útero. Esa sangre que era mía, que venía desde mis entrañas y me quería secar desde lo más adentro. Esa sangre queme recordaba que podía sangrar cada mes y seguir viviendo. Rugí, rugí como leona. Estaba tan cerca.

Ya el sol comenzaba a esconderse tras la cima de la montaña, el verde del zacate era a musgo y el río de mi sangre fluctuaba con fuerza. Ya estaba casi en la cima, subiendo una colina vertical. Los músculos de mis piernas se doblaban ante mis esfuerzos. Pensé que me deslizaría y caería infinitamente. Miré alrededor, pero Afrodita no estaba en ningún lugar. Mi pelo ahora más largo que mis piernas quería traerme abajo, tan pesado obligaba a mi cuello a ceder, a ver al cielo que jugaba a empujarme al abismo.

Del zacate y musgo nacieron girasoles, se hacían altos y buscaban ansiosos al sol. Pero, el sol ya se había escondido al otro lado de la colina.

El viento le daba fuerza a mi cabello. Sentí que sostenía a diez hombres de mi cabeza. El césped se deshizo bajo mi mano derecha. Casi caigo, casi me derramo a la nada…Pero, tome uno de los girasoles del tallo, y luego otro, y otro. Los arrancaría si eso es lo que me costaría mi vida. Y, ya casi podía tocar la cima, aunque la sangre, el pelo que aún tiraba de mi y la gravedad que me empujaba con su mano impune no querían que llegara. Cerré los ojos por un momento, tome el tallo de un girasol y me abalance hacía arriba usando lo poco de energía que me quedaba. Llegué a la planicie de la cima y me levanté.

De pie, desnuda sobre el mundo. Ya no sangraba. La melena me cubría el cuerpo, pero ya no pesaba. Respire de pie, llena de vida, en la cima más alta a la que cualquier mujer halla podido llegar. Trescientos sesenta grados alrededor mío eran sólo azul. El espacio entre el cielo y el mar, difuminado como pintado con acuarela, ya no existía.

Tantos infinitos y me desperte yo aquí, en la cima del mundo. Me dejé caer entre los vientos.

***

***

Los pescadores volvían a la costa esa mañana como cualquier otra. Cada uno en su pequeño bote, con pieles de sal, miradas desconfiadas al mar y al hombre. Algunos con mercancía entre sus redes, y otros con nada.

Se alertaron unos a otros al ver lo que se divisaba en la costa. Se masajearon los ojos y cuestionaron su razonamiento, al no entender lo que observaban en la arena.

Parecía una ballena. Una gran masa, sin forma exacta. Cubierta de algas, yacía inmóvil.

Los hombres comenzaron a remar con rapidez, y al tocar suelo firme corrieron hacia la figura. Estaba tan cubierta de algas que no podían descifrar que animal era.

“Pero, ¿qué es esto?,” preguntó el pescador más jóven.

El hombre más alto y fuerte recogió un palo. Con la punta tocó la figura, una, dos, tres veces. No pasó nada.

El hombre alto volvió a usar el palo, descubriendo que lo que creían eran algas,  que era en realidad un cabello grueso que cubría un cuerpo. Cada hebra de ese cabello era tan espesa, larga y mojada que parecía una planta de mar. El pescador alto, siguió moviendo el cabello, aún inseguro de lo que veía. Todos los hombres observaban con atención cada movimiento de ese palo, hasta que se fue revelando una cara y cuerpo femenino. Quizás una sirena, pero tenía pies. Quizá un ángel o un hada, pero no tenía alas.

Una gigante mujer de piel carbón, que se recogía a si misma en posición fetal. Quizás estaba muerta, o dormida. Parecía tener escamas como si fuese pez sobre su cara, piernas y brazos.

Los hombres se miraron asombrados. Jamás habían visto a una mujer de ese tamaño o forma. Indignados y confundidos, algunos se devolvieron a sus barcos mientras otros tan solo la observaban.

Una ola sorprendió a los hombres. Empapó al cuerpo. La Diosa abrió sus ojos.

Eran ojos miel, brillantes, astutos, que investigaron con detalle a cada hombre que la rodeaba. Se levantó, una vez de pie, se miró a sí misma como si fuese la primera vez. Sus pechos desnudos, eran como dos grandes planetas, con satélites oscuros como pezones. Sus caderas montañas con grietas, tanta piel y carne que su cuerpo era su propia galaxia.

El grupo de hombres estaba estupefacto. Inmóviles.

Comenzó a caminar sobre la costa, en dirección a los puertos. Caminaba con seguridad. Su cabello la cubría como una capa y se arrastraba tras ella.

Una brisa asotó a los hombres. Confundidos, porque cada uno en su interior sintió que esa brisa venía de esa mujer. Y el olor a mora y sal se impregnaba en el aire.

Los hombres comenzaron a seguir a la figura como poseídos, como perros hambrientos. El olor, la energía, algo de ella, despertó en los pescadores un deseo que jamás habían sentido. Era una fuerza externa la que los controlaba. Aunque sus voluntades estuvieran indispuestas, sus penes erectos eran la prueba de que el ardor quemaba en sus carnes.

Cruzaron el puerto y llegaron a la entrada de la ciudad. Los trabajadores del puerto miraron a la gran figura. Hipnotizados, olvidaron lo que estaban haciendo. Las redes con pescados aún vivos cayeron al piso, las mercancías olvidadas, los barcos fueron los únicos que quedaron en la costa. La procesión de hombres que seguía a la giganta crecía con cada paso.

Entrarón a la ciudad, y la giganta curiosa se dejó llevar entre los callejones populados y sucios, entre los mercados olorosos a fruta y pescado, entre la ropa que guindaba de los balcones de las casas, y los ojos curiosos que la seguían. La procesión de hombres la siguió, como perro al amo, por cada esquina.

Ella, con su pelo de Rapunzel carbón, se cargaba con tanto orgullo que no había grito que la alcanzara.

“Puta”, “loca”, “mujer descarada”, gritabán las voces con miedo a ser abandonadas.

Las mujeres la miraban con despecho, mientras sus hombres y vecinos caminaban tras ella con sus miembros despiertos. Los hombres se olvidaban del empleo, el dinero, los burros, caballos y esposas. Bajo el hechizo de la Diosa, olvidaron su mundo, para caminar tras ella sin esconder el deseo.

“Devuélveme a mi esposo,” gritó una jovén que había tratado de contener a su hombre. Pero se desató de sus brazos y se unió al escuadrón.

Cientos de mujeres tratando de acechar a sus esposos, que como magnetizados por el aura de la giganta la seguían. Niños, corriendo a sus caderas y señalando sus pechos con sonrisas pícaras. La Diosa no sintió los gritos de exasperación de los hombres, o las piedras o verduras podridas que las personas del pueblo le lanzaban. Una caravana que la seguía y un pueblo entero ahumando con rabia. Ella era el huracán, el tsunami, el desastre que sabrían que algún día vendría. Pero nadie hubiera imaginado, un desastre tan hermoso.

Ella, entre más caminaba, más crecía su pelo, ahora se arrastraba dos metros tras ella. Su piel de iguana, brillaba como si se hubiera bañado en escarcha, y las estrellas de mar que decoraban su cabellera se multiplicaban en arcoiris. Y aunque la giganta sabía que ahora el pueblo estaba en incendio, pronto los fuegos se apagarían. Ella, venía en busca de algo, aunque no estaba segura si lo encontraría.

Al llegar al centro de la ciudad, a la giganta la seguía un ejercito de más de cien hombres embobados y excitados. El momento, crucial y épico, fue cuando la diosa volteó y por primera vez observó a los que la seguían. Era la primera vez que veían su cara. Con sus ojos miel los examinó a detalle. Uno por uno, de arriba a abajo. Sonrió. De sus ojos brotó un amor que como un perfume los drogó. Todos sonrieron en unísono. Los hombres se sentían como bebés, acurrucadonse en el pecho de su madre.

La Diosa deslizó los dedos en su cabello. Empujó la densa melena que cubría sus hombros hacia su espalda, dejando el frente de su cuerpo descubierto.

“He venido a que me trencen el pelo.”

Dicho esto, la Diosa se sentó en el piso y cerró los ojos. Meditaba.

A los hombres les tomó un tiempo entender. El pescador alto, que había estado allí esa mañana cuando la mujer apareció en la costa, se puso de pie rápidamente y se abrió espacio entre los hombres.

El pescador, al tocar una hebra del cabello de la mujer se dio cuenta del gran peso de su melena. Los otros pescadores de esa mañana, al ver las manos toscas del hombre en la Diosa se abalanzaron sobre el cabello. Ellos, también querían sentirlo. Y se empujaron, se insultaron y se amontonaron. No querían compartir. Ese cabello, esa mujer, inmóvil, que quería su cabello trenzado y ahora parecía estar en un trance, ese cabello, esa mujer, cada uno la quería para sí mismo.

Cada hombre, en su interior pensó que si le trenzaba el pelo a la giganta, entonces ganaría su favor. Y podría poseerla.

Se armó una guerra improvisada. De golpes a mano limpia, los que tenían suerte con cuchillas o navajas defendían el orgullo malherido. Sus penes aún erectos, con sed por esa mujer. Y no hubo hombre en esa batalla que no peleó con todas sus fuerzas, porque la Diosa debía ser suya.

Y así, pasaron las horas, la Diosa seguía sentada. Inmóvil, brillante y limpia. Alrededor suyo, habían hombres sangrando, dos o tres muertos y muchos mal heridos. Quedaban unos pocos, que aún gritaban, quién tenía el derecho de trenzarle el cabello.Ya no tenían más fuerzas para golpes y como borrachos se empujaban y escupían.

Cuando reinó ese silencio frío que sigue tras la batalla, uno de los pescadores, el que la había descubierto en la arena, posó sus manos sobre ese pelo de cuerda. Sintiendo el peso en sus manos de sal fue cuando se percató que no sabía hacer una trenza. Los hombres que aún tenían fuerzas lo insultaron, otros se levantaron y trataron de tomar su lugar, pero tampoco sabían trenzar.

Cansada y entristecida por la ineficacia de los hombres, la Diosa rompió su trance y se pusó de pie. Tomo el cabello entre sus manos y después de pocos segundos las olas de su melena, habían sido recogidas en una sola trenza.

Observó a los hombres, quienes estupefactos y malheridos, sentían como si se despertaran de un sueño profundo y doloroso.

La giganta habló.

“Mira tu piel, la cual has mallugado en el esfuerzo de ganar algo que nunca te perteneció. Yo, pedí que trenzaras mi pelo, y trataste de poseerme. Sin siquiera saber trenzar… Cada uno de ustedes, querían ganar algo lo cual, nunca les perteneció.”

La virilidad se les regó con las bilis. Algunos hombres, buscaron cosas que reventar o tirar, o se las reventaron y tiraron entre ellos, con una ira diabólica. Otros, dejaron que el sol les sacara la poca vida que les quedaba. Y entre tanta guerra y pérdida, ninguno se dió cuenta que la Diosa se había marchado.

Ella, ya estaba caminando por otra costa con su trenza. Cargando momentos, dolores y errores. Cicatrices de tantos hombres, a los que les trató de enseñar su luz propia y no la quisieron ver. Nostalgia por la unidad que las personas no lograban encontrar.

En sus montañas y valles, las carnes maduras de experiencias brillaron, por la fuerza que el vivir le había dado. La mujer, que un día quebrada escalaba montañas, hoy era un Diosa con su historia a flor de piel.

Con el sol asomado en el horizonte, el mar besándole los pies, la giganta camina sin prisa. Su cuerpo cantando su canción.

Algún día quizás deje de caminar. El día que encuentre a un hombre que le trence el cabello, sin querer poseer su cuerpo. El día que encuentre un pueblo que junto le pueda trenzar el cabello.

Y quizá ese día nunca llegue. Así, sus noches se las dedica al mar. Sus sueños a escalar nuevas montañas. Su presente, a los ríos que fluyen por ella.