Todo Parece Cambiar Tanto

Ella fuma su quinto cigarro de esta mañana. Cigarros. Los fuma uno tras otro, como si su boca no pudiera existir sin ellos.

Ella no ha llorado esta mañana. Lloran sus respiros con olor a tabaco, pero sus ojos están secos. 

Seca, así se siente. Como aquellas viejas flores en su ventana, que todavía recuerda. Ella se siente como los pétalos, tan secos que se quiebran al tocarlos. 

Le gustan los cigarros por el humo. Ella quiere dispersarse como el humo al viento, de gris a nada. Añora con perderse como las partículas de humo en la inmensidad del mundo, que nunca se vuelven a encontrar.

Viendo la silueta de un árbol desnudo, sus líneas demarcadas por la nieve…¡Que solo se ve el mundo! Tanta nieve, el árbol desnudo y tres bicicletas esperando dueños que nunca llegaron (tal vez se perdieron como el humo). 

El sexto cigarro se acerca a su boca. 

 

¿Cuánto tiempo lleva corriendo? No había días ni horas, había un horizonte vacío. Pero el corre.

El corre hacia ella.

Adentro de el siente olas que se revuelcan y se mueven con la fuerza del mar en tormenta. El corre hasta la esquina de esa calle cualquiera, en la que hace un frío endemoniado que quema. Mientras ella se quema por dentro con esos cigarros de corta vida, el corre con el pelo en la cara y la cara roja y fría.

El viento es seco. 

Corre hasta tomarla de la mano y con su mano en la suya sigue corriendo. El sexto cigarro se va al piso. Ahora corren juntos lejos de esa esquina, lejos de las colas de cigarros que aún siguen calientes. Que importa, pues el corre y ella corre. 

Corren y las esquinas desaparecen tras ellos. A él lo mueven esas olas, con furia de colores que rugen dentro de su pecho. A ella la mueve él.

 

Por fin se ven y ahora corren. Corren hasta que no solo las esquinas desaparecen pero la calle también. El cemento se dispersa, es polvo lo que pisan y ya no hay árboles desnudos. Hay mucha nada, el viento es seco y todo es oscuro. No ven sus manos. Tan solo se sienten. 

 

Entonces, el cierra los ojos para ver las olas rugir dentro de él. Las olas lo guían, son el balance que lo mueve, su centro de gravedad fluye en ese océano de su pecho. Ella cierra los ojos también. 

 

-¿Dónde me has traído?

-Tus manos están frías.

-¡Estoy bien!

-¿Te puedo abrazar?

 

Aún con los ojos cerrados, ella se acerca a su pecho. Su chaqueta es gruesa, la lana roza su nariz. 

 

Ella busca la caja de cigarros en el bolsillo de su chaqueta. Saca un cigarro y el encendedor. El centro de su cara se ilumina con el fuego por tres segundos y su boca sostiene el cigarro. El la mira y las olas en su pecho le llegan a la garganta. 

 

-Siento que te vas con el humo

-¿Cómo?

-Como si con cada cigarro hay más de ti en el aire que dentro tuyo

-Que extraño que eres, hace frío. ¿Qué estamos esperando?

 

Ella es toda aire y tiempo.

 

De repente, un rayo de luz roja se abre en el cielo. Es una luz suave que se asoma entre nubes gruesas. Ahora esa luz marca la línea de sus perfiles. 

 

-No dejes de mirar la luz,

-¿Qué es?

-No sé, pero es muy hermosa…

 

En el cielo, se empiezan a abrir agujeros de los que sale esa luz roja. Ahora ellos dos miran el mundo pintado carmín. Se abren cada vez más agujeros en el cielo, desaparece el negro y aparecen más rayos rojos. 

 

Ella ya no siente el frío seco, ni tampoco siente que todo se quiebra como flores muertas.

 

Bajo sus pies descubren arena, arena que es más como conchas pulverizadas, arena de colores que con la luz roja parece piedras preciosas. Cada grano brilla reflejando esa luz roja. 

Ella se quita sus botas. Siempre le ha gustado sentir con sus pies. La arena que brilla suave como azúcar. El se quita los zapatos también, y las chaquetas, y todo lo que sobra de ropa. 

Mientras el cielo se abre y los alrededores se iluminan, todo parece cambiar tanto.  Tanta paz.

 

Hay un mar, que es tal cual las olas que el tiene adentro. Es un mar que se mueve con voluntad propia. 

Hay también árboles, pero sus siluetas, ahora las corta la luz roja, las flores y frutas que crecen en sus tallos y ramas. 

Todo el aire parece tener formas y estar presente también. Es como neblina suave y fresca que ilumina con los matices de luz roja. 

Se acercan al mar que sereno los invita. Sus pies son abrazados por el agua tibia. 

 

-¿Hace cuánto no te veo?, el pregunta. 

 

Y es que, en este extraño lugar todo cambia…

Sus tobillos son amarrados por el mar y ahora, no se pueden mover. El aire se vuelve seco, el agua empieza a rugir y congelarse alrededor de sus tobillos. 

 

Ella lo mira con ojos que no le conocen, ojos que preguntan, ojos que han deseado.

-¿Dónde has estado todo este tiempo?    

-Yo te busque…

 

Tratan de acercarse el uno al otro pero el agua congelada los impide moverse. 

 

-¿Qué esta pasando? ¿A donde me has traído? Ya no quiero esperar.

-¿Me recuerdas?

-Recuerdo que te quise. 

-Yo tambien lo recuerdo.

 

El aire sigue seco. Ella siente que se quiebra. El mar de su pecho y en el que se sumergen sus tobillos ruge. La temperatura empieza a bajar. 

 

-¿Dónde estabas?

-He estado corriendo todo este tiempo. 

-Yo buscaba algo, pero todo se volvió tan seco que tuve que esperar. 

 

Uno frente al otro, mirándose a los ojos, pero no se pueden acercar.

Y todo cambia, una vez más.

El agua congelada que aprisiona sus piernas comienza a dispersarse. De nuevo el aire toma forma, y el agua esta serena. 

Caminan uno hacia el otro y se toman de la mano. 

 

Sentir sus manos. La veo, la he buscado pero no recuerdo su nombre. Su cara y es que la quiero, porque me revuelca. 

¿Cómo te llamas? ¿Dónde te conocí?

 

Las olas en su pecho danzan en tormenta. El aire se vuelve viento.

Sus pies sumergidos en el agua empiezan a sentir el cambio. Buscan sus pies y ya no lo ven. El agua es roja. El mar bajo sus pies ya no es agua, sino sangre. 

 

-¿Qué pasa? ¿Qué esta pasando? ¡Sácame de aquí!

-No se, lo siento. No se que he hecho, que esta pasando…

 

Un mar de sangre a sus pies. 

 

-¡Sácame de aquí! ¡Por favor, sácame de aquí!

 

Y sus gritos y desesperación se ahogan en el viento, la sangre cada vez más densa. El no se mueve y ella grita, empalidece. Sus labios se quiebran, sus manos tiemblan y su piel cada vez se vuelve más blanca. Y el, no se puede mover –con sangre hasta sus tobillos. 

 

-No puedo moverme. 

 

Y ella cada vez más blanca poco a poco se convierte en luz y viento. Ella, tan frágil.

 

Ella, ella, necesito sacarla de aquí. 

 

-Dime tu nombre

 

Ella abre la boca y mueve la lengua como si hablara mas no salen palabras. Ella se esta perdiendo en el viento. 

 

El viento, el aire…

 

Adentro de él las olas se mueven, rugen con más fuerza que nunca, pero no le dicen nada. 

Con más fuerza de la que sabía que tenía dentro, mueve una pierna y luego la otra, sin soltar la mano de ella. La toma en sus brazos, al destello de luz que con costos respira. La acuesta en la arena y la mira a los ojos. 

 

Los dos recuerdan aquel momento en aquel lugar, sin nombre y lugar en el mapa. Escuchan en el casette de sus memorias aquella canción de jazz. Pueden verse mirándose uno al otro, y que se conocían, y que se tocaban, y que se escuchaban. Recuerdan el olor lavanda de una candela, su fuego que no se apagaba con el viento. 

 

Sus labios se acarician sobre la arena preciosa… todo cambia. Ella vuelve a ser, y ya no se pierde en luz. 

 

-Recuerdo tu amor al aire de montaña, le dijo él. 

-Recuerdo el olor de esa candela, a ti ahí junto a mi. ¿Dónde estábamos?

 

El rojo vuelve al cielo y el mar vuelve a ser mar. El aire es caliente y empiezan a caer las hojas de los árboles sobre la arena.

 

Cae una y después otra, y después mil y no se ven los árboles porque hay tantas hojas. Hojas secas y el aire caliente y todo esta empezando a arder.

Empieza con una sola llama, una única llama en una de esas hojas secas, tan secas como flores muertas. Ahora, ya no es una llama, sino un ejército de ellas. Fuego azul que salta y arrasa tomando forma de fantasmas y hadas. Arde como el corazón de un atleta en triatlón. El fuego azul de las hojas se mueve cual si tuviese una trayectoria marcada. Los rodea. Los aprisiona. 

La respiración se les acorta. Sus ojos ven cada vez más nublado. Cada vez mas profundo. El fuego se acerca y no hay donde correr. 

 

Uno junto al otro en la arena. Sudan y aún así no se mueven. Ella se recuesta en la arena. 

 

-Esta es una hermosa manera de morir

 

El se recuesta junto a ella. Listos para morir, cierran los ojos. 

 

 

Estaban juntos en un apartamento vacío, en un edificio con vista a una ciudad. Las luces multicolores entraban por la ventana, y solo con esa luz definían sus siluetas. El encendió una candela que olía a lavanda. Ella estaba sentada en el piso con una botella de vino. 

El se sentó. La agarró entre sus brazos, le mordió su largo pelo, su nariz y sus orejas. Ella sonreía, gruñía y lo atacaba de vuelta. 

Ella se desabotonó el pantalón y se abalanzó sobre él. Hacían el amor como dos bestias, dominando cada centímetro del cuerpo del otro. Se mordían, lamían y gemían. 

En un grito de pasión, ella se perdió del mundo y su pie se inclinó sobre la candela.

La candela cayó al piso. 

El fuego se abría camino en el apartamento, iluminando con su luz roja. 

 

 

 

Abren los ojos, se miran. 

 

-Te recuerdo

-Te conozco

 

Ya no hay fuego. Se besan, el aire es de lavanda y la arena brilla. 

 

Se habían amado, habían vivido juntos. Sus vidas. Y ellos tan muertos. 

 

Lo habían olvidado. Todo cambia tanto.

Caminan sobre la arena de colores, buscando un árbol con ramas abiertas. Se sientan a su sombra en la arena tan dulce, con el aire y con el mar. 

 

Sus olas ya no se mueven. Ella ya no espera, ya no desea perderse en el aire. 

 

-¡Aún no se donde estamos!

-No creo que importe…

 

Nadie les había contado que después de la vida hay más vida. Nunca se lo habían imaginado. Tampoco les habían dicho, que después de morirse uno espera y a veces olvida. O, que la muerte es una vida en donde podemos escoger con quien la queremos pasar. 

A veces todo se mueve en olas, y a veces se dispersa en el aire. De cualquier manera, todo esta formado de partículas que vienen y van y se pierden en el infinito y no distinguen entre vida y muerte. 

Así cada uno vive con algo que lo guía, poder escoger con quien pasar la muerte. Se vive en esas partículas que se unieron en un momento específico para ser, y dejar de ser. 

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